lunes, julio 16, 2007

Hurgando en el Museo

Manuel Belgrano ha sido sin dudas un hombre poco afortunado, tanto en la vida como en la muerte. No sólo padeció la ingratitud de sus compatriotas y terminó sus días en la más absoluta miseria, sino que el último objeto de valor que poseyó, el reloj que le fuera regalado por el rey Jorge III de Inglaterra y que dejó como pago a su médico y amigo Joseph Redhead, ha sido robado del Museo Histórico Nacional. No es el primer robo post mortem que sufre Belgrano, hace cosa de un siglo ciertos personajes notorios quisieron afanarle algunos dientes.

Y pese a todo lo que nos inculcan desde la escuela sobre Belgrano, el hombre sigue siendo poco conocido. Recorriendo blogs encontré este sentido homenaje que le hizo Luz Mala. Y también pude leer varias notas que le dedicó Manuel Fernández López, cuya sección El baúl de Manuel en Cash suele ser de lo más instructivo y disfrutable del Página/12 dominical. Donde podemos leer lo que sigue, sobre el pensamiento y la actuación de Belgrano en lo referido a la educación:
Cada cual tiene, necesariamente, su propio padre natural. Pero la Patria, esa mezcla de suelo y sociedad, en la que uno nace, crece, trabaja, ama y engendra sus hijos, ¿qué padre tiene? En un país que se lanzó a la historia casi inhabitado, y que se hizo grande por la incorporación de extranjeros de todas las latitudes, el rango de padres de la Patria corresponde a los individuos que logran cohesionar a una sociedad heterogénea dentro de una comunidad de destino, más que una comunidad de origen. El mérito grande de Belgrano, fue proponer, antes aun que Sarmiento naciera, la educación como principal camino del crecimiento, el desarrollo y el progreso. “Sin saber, nada se adelanta”, decía en 1795. Y añadía: “Jamás me cansaré de recomendar la Escuela y el premio, nada se puede conseguir sin esto”. La enseñanza debía comenzar en la primera infancia, proporcionando “una regular educación, que es el principio de donde resultan ya los bienes, ya los males de la sociedad. Uno de los principales medios que se deben adoptar a este fin son las escuelas gratuitas adonde pudiesen los infelices mandar a sus hijos sin tener que pagar cosa alguna por su instrucción; allí se les podía dictar buenas máximas, e inspirarles amor al trabajo, pues en un pueblo donde no reine éste, decae el comercio y toma su lugar la miseria; las artes que producen la abundancia, que las multiplica después en recompensa, perecen, y todo desaparece”. La educación primaria debía alcanzar a todo punto en que residiese algún grupo humano: “Estas escuelas debían alcanzar, primero, a todo niño sin distinción de sexo, con escuelas gratuitas para las niñas; y segundo, ‘promoverse en todas las ciudades, villas, y lugares’ del país”. Después de aprender los rudimentos de las primeras letras, la educación debía continuarse, orientada a la producción, y en ella cada sector productivo hallaba un saber específico. Para el adelanto agrícola, sugería “una escuela práctica de agricultura”. Para la industria, “una escuela de dibujo, que sin duda es el alma de las Artes” y “escuelas de hilazas de lana”, extensibles al “hilado de algodón”. Y para el comercio, “una Escuela titulada de Comercio” y “una Escuela de Náutica”. Cada escuela técnica se correspondería con sus respectivas unidades de producción: la de Dibujo, con las “Artes y Fábricas”; la de hilazas de lana, con el aumento de las fábricas respectivas, etc.

Y sobre el pensamiento económico belgraniano, prácticamente desconocido (u ocultado), estos párrafos:
Ambos padres de la patria coincidieron al momento de fijar normas para el comercio exterior, que consolidasen la independencia política recién proclamada y evitasen fugas de metálico en compras innecesarias. Primero fue Belgrano, desde las páginas del Correo de Comercio, a poco más de tres meses del 25 de Mayo de 1810. Después fue San Martín, quien, luego de proclamar la independencia del Perú, el 28 de septiembre de 1821 dictó el Reglamento Provisional de Comercio, que declaraba libre el comercio interior y fijaba fuertes aranceles para las mercancías importadas, en especial aquellas cuya introducción compitiese con la industria peruana.(...)

(...) Propone insertar al propio país en la economía mundial (deseaba “que formásemos una de las naciones del mundo”, escribe Belgrano), pero no como colonia –como proveedor de materia prima–, sino como nación soberana, que decide qué exportar y qué importar. Permitir la importación de mercancías que compiten con las producciones locales e impiden su crecimiento es un error político, que deja sin empleo las manos del país y sin oportunidad de inversión a los capitales nacionales. Y escribe: la importación de mercancías que impiden el consumo de las del país, o que perjudican al progreso de sus manufacturas y de su cultivo, lleva tras sí necesariamente la ruina de una nación. Abrir las puertas a las manufacturas extranjeras, como Belgrano mismo propuso en 1809 (“franquear el comercio a los ingleses en la costa del Río de la Plata”) había sido un ardid, para “dar el primer golpe a la autoridad española”. Pero en un régimen de soberanía política, el país debe procurar la transformación de su propia materia prima. Belgrano escribe: “El modo más ventajoso de exportar las producciones superfluas de la tierra es ponerlas antes en obra, o manufacturarlas”. Recíprocamente, la importación de materia en bruto, y su industrialización en el país, rinde más que hacerlo como manufactura. Belgrano dice: “La importación de las materias extranjeras para emplearse en manufacturas, en lugar de sacarlas manufacturadas de sus países, ahorra mucho dinero y proporciona la ventaja que produce a las manos que se emplean en darles una nueva forma”. Estas ideas no eran originales de Belgrano. Las hallamos en Arteta de Monteseguro y en Genovesi, quien a su vez las tomó de autores precedentes. Son “principios que los ingleses, el pueblo más sabio en el comercio, proponen en sus libros para juzgar de la utilidad o de la desventaja de las operaciones de comercio”, escribe Belgrano. Suponen el estudio de la Economía Política, y la selección de los capítulos más útiles al propio país.

6 comentarios:

EmmaPeel dijo...

San Martin y Belgrano fans somos por acá,
hay un par más en el altarcito, pero no tienen tanto consenso :)

saludos vecino, muy bueno!

Javier dijo...

Me alegro que te haya gustado mi post Jorge.
Por sacrificio, valentía, patriotismo, e inteligencia, don Manuel es sin duda uno de los más grandes de estos pagos.
Flor de país sería este si sus herederos tendríamos una partecita aunque sea de sus virtudes.

manolo dijo...

Jorge
Belgrano es ejemplo de la "desobediencia debida", cuando tenia que retirarse hasta Córdoba.
Ante la imposibilidad de evacuar Tucuman, Catamarca, Santiago y La Rioja; decidió dar batalla.
La alternativa era abandonar a los civiles a las tropas realistas.
Gracias a las victorias de Tucuman y Salta, la frontera quedo en Jujuy.
Si hubiera obedecido, hoy seriamos la República de La Pampa.
Un abrazo

Jorge Y. de la G. dijo...

Emma: vecina, ya me imagino a quiénes más tiene en el altarcito, jeje...

Javier: totalmente de acuerdo con tus conceptos. A personajes como Don Manuel conviene cada tanto bajarlos del bronce y mirarlos como una persona común y corriente, así uno puede apreciar mejor su grandeza y pensar de qué modo seguir su ejemplo.

Manolo: ahí en el medio tenés una epopeya popular casi olvidada: el Éxodo Jujeño. Del de la otra avenida (la más larga) mejor no decimos nada, ¿no?

Gracias y abrazos a tod@s.

Juan Pablo dijo...

"Me glorío de no haber engañado jamás a ningún hombre y de haber procedido constantemente por el sendero de la razón y de la justicia, a pesar de haber conocido la ingratitud."
Manuel Belgrano

Jorge Y. de la G. dijo...

"Que no se oiga ya que los ricos devoran a los pobres, y que la justicia es sólo para los ricos."

Gracias por el aporte Juan Pablo. Un abrazo.