El discurso de la Presidenta en José C. Paz "movió el tablero" como quizá nunca antes lo habían hecho sus palabras, y todavía sigue abierto a interpretaciones y especulaciones. De lo mejor que leí sobre el asunto, algunos debates en la blogósfera, la nota "en caliente" de Mario Wainfeld y las columnas de hoy de Hernán Brienza y Horacio Verbitsky.Más que analizar por mi cuenta el discurso, se me ocurrió reflexionar sobre la relación histórica entre el movimiento obrero y la conducción política del peronismo. Que contra el viejo cliché antiperonista del "sometimiento vertical", nunca estuvo exenta de tensiones y de contradicciones entre las reivindicaciones gremiales y los condicionantes políticos. Quizá por haber sido testigo, recordé el mensaje de Perón del 12 de junio de 1974 y las movilizaciones obreras de junio y julio de 1975, en circunstancias históricas cuyo dramatismo es difícil de concebir hoy día.
Yendo más atrás en el tiempo, encontré en El 45 de Félix Luna un fragmento que refiere un episodio de los orígenes del peronismo y que creo vale la pena recordar. Pocos días después del 17 de Octubre, el teniente coronel Domingo Mercante, quien había asumido en la Secretaría de Trabajo y Previsión Social, tuvo un encuentro con delegados gremiales:
"Una de las primeras medidas de Mercante fue convocar a una especie de plenario nacional de los dirigentes sindicales ya definidos como peronistas. Los hizo citar oficialmente facilitándoles el viaje a Buenos Aires. Se reunieron en uno de los últimos días de octubre en una sala del antiguo Concejo Deliberante; casi todos los delegados habían participado ya de asambleas constitutivas del Partido Laborista. Cuando Mercante apareció, una gran ovación lo saludó. Todos los asistentes habían actuado, en mayor o menor medida, en la gesta del 17 de Octubre y para ellos la reunión era la ratificación del triunfo y el comienzo de una etapa de fáciles conquistas para sus respectivos gremios.
De inmediato se generalizó una alegre e informal conversación y algunos delegados empezaron a adelantar los encargos que traían de sus organizaciones. Ahora sí, dueños de nuevo del poder, aniquilada aparentemente la oposición por la evidencia del apoyo popular a Perón, los dirigentes sindicales podían exponer libremente las reivindicaciones que traían; algunos ya sacaban del bolsillo papeles prolijamente anotados con los aumentos salariales y pedidos de mejoras que les habían encomendado sus compañeros. Estaban eufóricos. Mercante los dejó hablar un rato y luego interrumpió:
- Señores, ustedes están equivocados. Yo no los llamé para que vengan a plantearme sus pedidos. Los he citado para otra cosa. Les quería decir que desde ahora y hasta las elecciones, en el país no debe producirse ni un solo pedido de mejoras, ni una sola huelga, ni un solo movimiento de fuerza... De aquí en adelante, los trabajadores del país deben limitarse a una cosa: ¡ganar las elecciones!
Ante el estupor de todos, continuó Mercante:
- Todavía estamos muy lejos del triunfo. ¡Los enemigos son muy poderosos y nosotros no controlamos todo el gobierno, ni mucho menos! Tampoco disponemos de medios para contrarrestar con eficacia la acción de nuestros enemigos, que cuentan con diarios, partidos organizados, dinero, organizaciones de toda clase y apoyos muy poderosos, nacionales y extranjeros. Tenemos que subordinarlo todo al triunfo electoral. Después, cuando Perón sea presidente, recién entonces ustedes plantearán lo que corresponda en la seguridad de que serán atendidos como siempre. Entretanto, cada sindicato debe ser un comité. Y esta Secretaría también será un comité...
Los pliegos empezaron a guardarse silenciosamente. Mercante siguió insistiendo en su planteo: no había que dar motivos de desorden ni caer en la provocación del enemigo; había que contentarse con lo ya obtenido y esperar hasta después de febrero porque ahora lo único importante era ganar el comicio. los delegados asentían, algunos con desgana y todos bastante desilusionados. Uno de ellos, un tucumano, alcanzó a decir quejosamente:
- Pero, teniente coronel, ¡a mí me matan si no vuelvo con mi mandato cumplido! ¿Qué hago con este papel? Aquí tengo anotado todo lo que piden los muchachos... ¿Qué hago con esto?
Mercante, rápido, lo contestó lo que los argentinos suelen contestar en estos casos..."
Félix Luna, El 45, Hyspamérica, Madrid, 1984, p. 422-424.
Luna refiere que desde ese momento y hasta las elecciones del 24 de febrero de 1946, no hubo prácticamente medidas de fuerza. Me parece que la moraleja que deja esto es bastante clara: si los trabajadores se identifican con un proyecto político, se encuadrarán dentro de él, pondrán el triunfo electoral como prioridad y postergarán sus reivindicaciones sectoriales. Y si no, no.




