lunes, diciembre 18, 2006

Hablando de la Patria (I)

No soy afecto a la exaltación patriótica o patriotera, bah, como casi nadie hoy en día (salvo durante un Mundial, p.ej.). Suelo escuchar por radio a Jorge Dorio que a cada rato dice "la Patria" y la verdad es que suena raro, casi nadie más lo hace. Salvo que el acto del 25 de mayo pasado en la Plaza de Mayo se hizo con la consigna "La Patria somos todos". Y pensándolo un poco, esta frase tiene una enorme riqueza potencial, si se quiere apuntar a la construcción de un país sin excluidos y no simplemente a un conjunto de enclaves prósperos, protegidos por rejas de seguridad de una multitud marginada.

Evidentemente algo pasó para que la simbología de la Patria, tan cara en épocas pasadas, esté tan devaluada. Encontré una buena explicación en esta intervención del antropólogo Alejandro Grimson en el debate sobre "La identidad nacional" (perteneciente al ciclo "La cultura argentina hoy" organizado por la Secretaría de Cultura de la Nación, publicado como suplemento de Página/12 del 23/09/2006):

"En Argentina, a diferencia de lo que ocurre en otras sociedades latinoamericanas, como la brasileña, los sentimientos nacionales se encuentran distribuidos en dicotomías excluyentes y confrontadas, entre militares y pueblo; autoritarismo y democracia, etcétera.

No hay matices, la diversidad está más bien licuada, invisibilizada, y lo que se visibiliza es, o propio, o contrario a lo propio. Existe en Argentina un cierto pensamiento dicotómico que me parece importante considerar que es el producto del proceso histórico al cual hacían alusión Carlos [Altamirano] y Felipe [Pigna]. ¿Cuál fue el papel específico que cumplió la dictadura militar de 1976 en la transformación de los sentidos sociales de la Nación? Porque antes de la dictadura militar lo nacional era un campo de disputas políticas y simbólicas, había proyectos muy distintos, contrapuestos, acerca de cuál era el futuro deseado para la Nación. Sin embargo, después del '76, con la retórica nacionalista que vació al Estado, con el terrorismo de Estado asociado al nacionalismo y con lo ocurrido en Malvinas, lo nacional quedó dentro de uno de los dos campos de la disputa. Luchar por la democracia o defenderla implicaba renunciar a la retórica nacional, a la reivindicación de la simbología nacional, contraponerse a un discurso autoritario que se había apropiado de la nación. En mi opinión, uno de los grandes éxitos de la dictadura militar es que identificó a la nación y lo nacional con lo autoritario. Creo que hasta hoy esa identificación tiene cierta vigencia entre nosotros, aunque por suerte en los últimos años ha entrado en crisis parcialmente. El lazo íntimo entre nación y autoritarismo fue uno de los grandes éxitos de la dictadura, porque si democracia y nación aparecían como campos opuestos en la década del '80, eso se tradujo en una apropiación de la nacionalidad e incluso de las festividades relacionadas con lo nacional por parte de cierto sector de la sociedad. Eso, en términos sociológico-antropológicos, es un síntoma clave porque, como decía Durkheim, la fiesta de una comunidad es el momento en el cual la comunidad se celebra a sí misma, celebra su existencia. Como Argentina no tiene nada para celebrar de su existencia como tal, fue abandonando ese tipo de celebraciones. Esa distancia que los argentinos adoptamos respecto de la Nación es el producto de una política, y no sólo eso, sino que produce efectos políticos poderosísimos. Lo digo porque, en mi opinión, para que se pudiera dar el caso argentino en la década del '90, que es uno de los casos más extremos de neoliberalismo en el mundo, tuvieron que conjugarse tres condiciones. La primera fue la dictadura militar con todo lo que conocemos sobre ella, la segunda fue la hiperinflación con el terrorismo económico que implicó y la tercera es que los argentinos tuviéramos distancia completa respecto de nuestro sentimiento nacional. Si no hubiera habido una distancia respecto de nuestra nacionalidad, habría surgido, por ejemplo, una movilización cívica cuando se regaló YPF. Sólo fue posible hacerlo porque nosotros ya no sentíamos YPF como nuestra."

Esto redondea bastante bien mis pensamientos sobre los '90 como la época del proyecto del "no-país". Que no hubiera sido posible de no haber existido el Proceso, y que nos llevó al borde de la extinción en la debacle de 2001. ¿Vale la pena tratar de reinventar hoy día, lejos de todo autoritarismo, una identidad nacional? ¿Estaremos todavía a tiempo?

3 comentarios:

Hard Core dijo...

Al oido te lo digo Jorge, Patria es el lugar donde una decidio desarrollar su ser, por eso creo que a ti y a mi no nos queda otra que ser argentinos sin justificaciones. Espero estar de acuerdo. No quiero mentir, me falla la memoria, pero creo que la frase es de Holderlin.

Jorge Y. de la G. dijo...

Por supuesto mi amigo, totalmente de acuerdo. No sé por qué se me ocurrió relacionar "el río oscuro de hombres que subía" del poema de Agüero que puse en el otro post, con las colas de gente que hemos visto en esta época haciendo fila en los consulados para rajarse. En fin, pavadas que a uno se le ocurren.

PD: ojo, no critico a los que se quieren ir, más bien pienso en lo mal que hemos sido gobernados (o que nos dejamos gobernar).

Un fuerte abrazo, y feliz Navidad.

Panza dijo...

En el pensamiento de cuarta de pagina 12 esta dividido.
Los supuestos intelectuales que trabajan para esa empresa comen gracias a ese discurso que no sirve para otra cosa que para mantener los esquemas que hoy vemos en el poder...